Crítica: “El Viaje de Chihiro”

Nominada en 2002 al Óscar a mejor largometraje de animación; en el festival de Sitges como premio especial; en el festival de Berlín por el Oso de Oro; al Cesar como mejor película extranjera y en 2003 alos premios BAFTA a mejor película de habla no inglesa, El Viaje de Chihiro es una joya artística de la animación nipona, producto artesanal del director  y dibujante Hayao Miyazaki.

Chihiro es una niña de diez años que viaja en el coche de sus padres debido a una mudanza y que al detenerse debido a que se han perdido, atraviesan un túnel que los transporta a un mundo diferente, en el que no hay lugar para los seres humanos, sólo para dioses. Cuando descubre que sus padres han sido convertidos en cerdo, Chihiro se siente sola y asustada, y comienza una travesía por ese mundo desconocido para rescatarlos y volver a casa.

El largometraje, dotado de excelentes características visuales y una impresionante, tierna y aventurera banda sonora a cargo del gran compositor Joe Hisaishi (que también compuso la banda sonora de la película La Princesa Mononoke), consigue envolvernos durante todos y cada uno de los minutos de duración de la acción. Los paisajes son cambiantes, bucólicos a la luz del día, cuando aparecen extensos prados coloreados de un verde intenso e invadidos por una suave brisa; y de extraña concepción por la noche, cuando esos prados se inundan para transformarse en un amplio mar de aguas cristalinas sobre el que circula un tren, cuyos pasajeros son sombras difusas. No cabe duda alguna tampoco de la genialidad con la que Miyazaki plasma los personajes, y no es casualidad la fisiología que los atribuye, sobre todo a los habitantes de aquel mundo de fantasía. Chihiro, los padres de esta y Haku son representados con forma humana. En l caso de Chihiro, una forma humana de bien, de esperanza, reflejo de los niños y la inocencia ante un mundo desconocido. Los padres, que son convertidos en cerdos, son dibujados con expresiones socarronas, indiferentes, que representan la actitud de los adultos subyugados a la sociedad actual. Y Haku, el chico que se convierte en dragón es pintado primero con expresión amable, pero desorientada cuando sufre su transformación, subyugado también en este caso por Yubaba, la regente del balneario donde se relajan los dioses.

Y esta última es un personaje interesante. Pero no sólo ella, sino también su hermana gemela. Son representadas de forma caricaturesca, con una testa de dimensiones desproporcionadas a su menudo cuerpo. Son brujas, y ambas obran por y para ellas mismas. Se produce una confusión entre quién es realmente mala y quién es realmente buena, lo que nos sumerge en una reflexión de nuevo sobre la realidad, y que Miyazaki deseó plasmar en sus películas: no hay “malos” en sus producciones, porque la realidad es tan ambigua que los que han sido “buenos” pueden corromperse. La gran cabeza tanto de Yubaba como de su hermana representan, pues, esa confusión de la sociedad entre lo que está bien y lo que está mal, entre el individualismo y el bien común. A pesar de que todos los sirvientes de la bruja trabajan juntos para regentar el local de la mejor manera posible, no están unidos, sino que cada uno persigue sus propios intereses, mayoritariamente económicos. Esto es, pues, reflejo de una sociedad individualista que no persigue un bien común con el que se pueda alcanzar una definición de justicia y felicidad, sino tan sólo deseos personales que llevan a las propias personas de una misma comunidad a mantener conflictos entre ellas.

No debemos menospreciar, pues, a otro de los personajes que causa furor y extrañeza en la película: el llamado por los espectadores “sin cara”, debido a que es una sombra cuyo rostro está oculto tras una máscara tradicional japonesa. Cuando este individuo llega al balneario, solicita ingentes cantidades de comida que hacen que engorde deliberadamente, y como premio, entrega a los sirvientes grandes cantidades de pepitas de oro que surgen de sus manos. Este misterioso personaje, abominable cuando monta en cólera, pues con su enorme boca se traga a los que rechazan sus presentes o simplemente lo molestan, es representación de nuevo de la sociedad, esta vez desde un punto de vista económico y comunicativo. Miyazaki afirma que su único objetivo como creador es el de afirmar el mundo, pero hay una diferencia entre lo que esperamos de esa afirmación y lo que él hace en sus películas: pues en realidad él afirma que este mundo no es para nada agradable. Él lo define como “un sitio ambiguo que no deja de crecer y de tratar de consumirlo todo. La realidad se desarrolla y va devorando todo lo que se encuentra a su paso”. Una sentencia que no se limita con aspectos de la naturaleza, sino también con valores como el de la palabra, la importancia de las raíces o la capacidad de encontrar el bien común. Este personaje, el “sin cara”, cubierto por una máscara, nunca habla, ofreciendo sin esfuerzo lo que todos desean con tal de crecer y hacerse más fuerte para dominar. Las palabras en el mundo actual son vacías, sin significado, débiles, reflejo de una sociedad vacía. No es casual, por tanto, que Chihiro pierda su nombre al querer servir a Yubaba para poder rescatar a sus padres, empezando a llamarse Sen (trascripción fonética de Yen, que designa la moneda nipona). Pero no sólo la palabra está infravalorada, sino que especialmente los niños no tienen consciencia de sus raíces, las están perdiendo, no conocen tradiciones, degradan su historia, y una persona sin historia, que haya olvidado su pasado, se desvanece como el hielo en primavera. En la película, los padres de Chihiro son convertidos en cerdo precisamente por pecar de arrogantes ante una advertencia de la naturaleza y los dioses de la misma de no atravesar el túnel.

Con suma maestría como dibujante, director, crítico y padre, Miyazaki consigue realizar un collage de nuestra era, irrepresentable utilizando elementos de nuestra propia realidad, plasmándola mediante elementos fantásticos que continúan sorprendiéndonos cada vez que vemos la película. Si bien es un largometraje dirigido para niños, es tal vez mayormente recomendable que los adultos, y especialmente los adolescentes, la vean al menos dos veces. Los que sufren las consecuencias de todo esto son los niños, que se encuentran sin referencia, perdidos en un mundo que al principio no conocen. Y eso es lo que el director desea expresar con esta película: cómo una niña inocente de diez años descubre el funcionamiento del mundo, las dificultades de supervivencia, y sobre todo, que se necesita unidad, amistad, amor y un bien común para que una sociedad progrese sin problemas.

No es el viaje de Chihiro lo que vemos, sino nuestro viaje. El viaje de la humanidad.

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Acerca de María EEHH

Matrícula de Honor en Bachillerato Humanístico (2012), férrea defensora de las mal consideradas "lenguas muertas" y de la cultura hispánica, ahora Graduada en Estudios Hispánicos: Lengua Española y sus Literaturas (2012-16) por la Universidad Autónoma de Madrid. Actualmente, estudiante de Máster en Literaturas Hispánicas: Arte, Historia y Sociedad (UAM) y de Máster en Formación e Investigación Literaria y Teatral en el Contexto Europeo (UNED). Hago lo que puedo escribiendo.
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4 respuestas a Crítica: “El Viaje de Chihiro”

  1. xiomara dijo:

    esta pelicula me encanta yo me la vi hace poco y tambien vi que era algo romantica 🙂 🙂

  2. xiomara dijo:

    😉 desearia que pasaran una segunda pelicula sobre el viaje de chihiro

  3. Pingback: Crítica de 'El viaje de Chihiro' (2001) - elCriticon.es

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